LA HONORABILIDAD, ÚNICA HERENCIA

LA HONORABILIDAD, ÚNICA HERENCIA
Jesús Vargas advierte que la historiografía oficial sobre la Revolución, evidentemente elaborada desde la perspectiva de los vencedores, olvida o hace juicios lapidarios de los mandos medios y de las bases revolucionarias.

Por ejemplo, hasta ahora ha prevalecido la imagen de Máximo Castillo como un ”extorsionador, pistolero, poderoso por sí mismo” que reinó ”sin piedad mediante el terrorismo” (cita tomada por Vargas de la tercera edición -1992- del libro Chihuahua, almacén de tempestades, de Florence C. Lister y Robert H. Lister, publicado por el gobierno de Chihuahua).

También se le acusa haber incendiado y dinamitado, en 1914, un túnel por el que transitaba un tren de pasajeros, hecho que costó la vida a 51 personas.

Encarcelado, acosado por la derrota y el desencanto, Máximo Castillo aún tiene algo que cuidar: su nombre y su honorabilidad. Por eso se dio a la tarea de escribir sus memorias.

Su intención era -señala Vargas en la introducción- ”dejar para la historia su propia verdad: porque era un hombre de honor, porque lo habían acusado injustamente, porque no quería que su nombre quedara en entredicho, porque no le quería dejar mancha a su familia”.

Según el historiador, quizá la aportación más importante de las memorias de Máximo Castillo sea que también hablan por ”miles de chihuahuenses que se lanzaron a la lucha por el ideal del cambio”.

Revolucionarios ”que actuaban por ideales, que estaban dispuestos al sacrificio por ellos. Es refrescante encontrarnos con un hombre que nos recuerda que la política es otra cosa, no sólo andar empujándose para tomar el poder”.

El general Castillo -enfatiza Vargas en la introducción a las memorias- ”toma la pal

abra para hablar en nombre de miles de revolucionarios que se fueron calladamente”.

De acuerdo con Jesús Vargas, la reivindicación de los mandos medios y las bases revolucionarias va más allá de la historiografía. También tiene que darse en el terreno amplio de la cultura.

El cine, la literatura y las artes plásticas, entre otras expresiones artísticas, en buena medida también se han hecho eco de la historia oficial, independientemente del valor estético.

Vargas pone como ejemplo ni más ni menos que Los de abajo, de Mariano Azuela:

”Da una visión pesimista del hombre revolucionario. Deja la idea de que nada más andaba en la bola y se iba para donde oía los balazos, sin ideología, ni convicción, ni compromiso.”

Máximo Castillo es un ejemplo antagónico del revolucionario que describe Azuela. En ese sentido, concuerda, la novela de la revolución tampoco ha terminado de escribirse.

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