El salvador de Madero

El salvador de Madero

Máximo Castillo nace el 11 de mayo de 1864 en un rancho del municipio de San Nicolás de Carretas, Chihuahua. Desde joven padece la miseria y la represión propias de la dictadura porfirista.

Motivado por los ideales democráticos y de justicia que enarbolaba Francisco I. Madero, Castillo ingresa al movimiento armado en diciembre de 1910, a los 46 años, bajo las órdenes de Pascual Orozco.

En febrero del año siguiente conoce al prócer personalmente, cuando éste concluye su exilio en Estados Unidos y entra a México por Chihuahua. Castillo forma parte de la comitiva que cubre su retorno a territorio mexicano.

Semanas después, al intentar tomar el poblado de Casas Grandes, es derrotado por las fuerzas porfiristas.

Así describe Castillo un momento durante la batalla:

(…) A la voz de que habían matado a un compañero vino el señor Madero, a la curiosidad de ver el muerto. En el momento en que el enemigo nos hacía muy nutrido tiroteo, al señor Madero le pasaban las balas muy cerca de la cabeza. Y me preguntaba:

-¿Qué es eso que zumba?

-Son las balas que así chillan. Sí, señor, quítese de aquí, váyase a su lugar porque lo matan.

-No hombre, si son muy malos para tirar.

-No, señor, ahí tiene usted la muestra (…).

Ese mismo día, Castillo salva la vida a Madero, al alejarlo, herido, del campo de batalla:

-Ya lo hirieron -le dije, porque vi que soltó la carabina.

-Creo que no; le pegaron a la carabina, retachó y se me durmió el brazo.

Seguimos adelante; luego llegamos a un arroyito que estaba a unos diez pasos, nos paramos y le alcé la manga de la camiseta que estaba muy ajustada, porque lo vi que movía mucho los dedos como para saber si estaba herido, luego le noté el hilito de sangre y se vio el agujerito.

-Sí me hirieron -dijo.

Seguimos; luego que llegamos a un llanito limpio, vi una caballería que iba por la izquierda, muy cerca, ya cortándonos la retirada. A nuestra espalda nos seguía una infantería acompañada de un cañón; además, nos hacían un nutrido fuego a unos 200 pasos de nosotros, a la derecha, otra caballería. La lluvia de balas de fusil y de cañón que nos caía era tan nutrida, y tan repetidas las granadas que reventaban entre nosotros, que nos vimos obligados a dejarnos caer al suelo.

-Déjese caer, señor Madero -le dije yo.

Y me contestó:

-¿Para qué…? Se revuelca uno mucho.

Con esta contestación me dio mucha pena, y cuando reventaba la granada me vi obligado a permanecer parado (…)

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